Sin pantallas

Tu mirada se ahueca, tu cara se aplana, y se instala en tu rostro esa expresión de
estar en un sitio diferente a aquél donde tienes los pies.

Mientras, a tu alrededor, la vida discurre:
contamos historias, suceden quehaceres, se escuchan canciones… que te resbalan,
como el agua en el plumaje de un pato.

Si te llamo a la vida, te alteras diciendo que tengo obsesión con el tema del móvil y
que sólo estás mirando “una cosa”. Y esa cosa nunca cesa.
Porque mira que hay cosas dentro de una máquina tan pequeña…

Y mientras vives a mitad, entre historias ajenas,
te pierdes tu vida,
pierdes tu conciencia.
Cambias aprender por entretenerte, y el dar abrazos por pegatinas digitales.

Alteras tu sueño,
despiertas cansado,
tu humor se resiente,
y la alegría que siempre te caracterizó, se torna impaciente y surge la molestia.

Pero cuando vuelves, y el bicho infernal se encuentra apagado…
Repartes tus besos,
juegas con tu hermana,
que si un tarareo,
que si ayudo en algo,
que si qué hambre tengo,
que si te interesas por nuestras cuestiones

Y entonces yo pienso:
Aún hay esperanza de que este hijo mío despierte del sueño
y vuelva a la vida con todos los suyos; con sus pensamientos.
Recobre el control de sus días, de su mente y de su cuerpo.
Y esa pereza, instalada como un software en su cerebro, se cambie por fuerzas vivas
de ilusión, acción y empeño.

Y consiga en esta vida todo lo que se proponga,
porque la suerte le dio condiciones para ello.

Pero para eso, hijo, primero has de estar despierto.

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